

Por: 📊 Observatorio Sinaí
El debate se desarrolló en la Facultad de Ingeniería de la UNICEN, símbolo del conocimiento y la formación académica de Olavarría. La paradoja es evidente: en la “ciudad de las ingenierías”, donde se forman profesionales para resolver problemas complejos, la política sigue atrapada en un círculo de improvisación, slogans y pobreza discursiva.
Durante más de dos horas, los aspirantes a concejales mostraron limitaciones notorias: falta de preparación, desconocimiento de la función legislativa y ausencia de ideas superadoras. Los periodistas locales coincidieron en el diagnóstico: “triste”, “pobre”, “aburrido”, “con escasas propuestas”.
Entre los momentos más comentados:
La confusión en los tiempos y formatos, con candidatos que no sabían cuándo preguntar o responder.
El desgaste de discursos improvisados, donde muchos se limitaron a repetir consignas nacionales sin conexión con la realidad local.
La falta de autocrítica y de propuestas técnicas: nadie planteó un plan concreto para enfrentar la corrupción, la falta de transparencia en el municipio o el caos urbano que sufren los vecinos.
La triste constatación de que, en la ciudad de la UNICEN, los debates políticos se parecen más a un guion gastado que a un laboratorio de ideas.
El periodista Martín Rodríguez lo sintetizó con dureza: “No hubo ni ganadores ni perdedores. Perdieron todos. Fue bastante triste”.
Más allá de las críticas puntuales, lo más grave no es lo que se dijo, sino lo que nadie se animó a decir.
En una ciudad marcada por escándalos de corrupción, obras públicas paralizadas, licitaciones poco claras y un municipio opaco en sus cuentas, ningún candidato mencionó la necesidad de un sistema de trazabilidad y transparencia real.
El silencio es elocuente: la política local prefiere hablar de síntomas antes que atacar las causas estructurales.
Nadie habló de ordenar la tierra, de abrir las cuentas municipales a la ciudadanía, de establecer mecanismos claros de control y cooperación.
En otros países y ciudades, los sistemas de MLS (Multiple Listing Service) no solo se aplican al mercado inmobiliario: también funcionan como estructuras de trazabilidad, cooperación y confianza. Un modelo así, aplicado en Olavarría, podría:
Transparentar el acceso y uso de la tierra.
Evitar que propiedades públicas y privadas se usen con discrecionalidad.
Exigir reglas claras en licitaciones y urbanización.
Permitir a vecinos y periodistas auditar en tiempo real las decisiones de quienes gobiernan.
En un municipio atravesado por denuncias, cajas negras y un sistema político enquistado, el silencio sobre esta propuesta es ensordecedor.
La sensación que dejó el debate es compartida en los barrios, en los cafés y en las redes sociales: la gente ya no confía en los políticos. Se repiten caras, se repiten discursos, se repiten promesas. Pero no hay sistema.
Lo que hay es desorden, confusión y autoencubrimiento entre dirigentes y periodistas, que denuncian apenas lo superficial pero evitan ir al fondo.
El resultado: una ciudad atrapada en un circo institucional donde los vecinos pierden cada día más confianza.
Desde el Observatorio Sinaí creemos que Olavarría necesita algo más que discursos. Necesita ingeniería social y de servicios inmobiliarios: un modelo planificado que ponga orden donde hoy hay caos, que construya confianza donde hoy hay desconfianza, que abra cuentas donde hoy hay opacidad.
El futuro de Olavarría puede ser distinto.
La pregunta es si seguimos aplaudiendo un circo que se repite elección tras elección, o si empezamos a construir un nuevo orden de transparencia, progreso y confianza.