Por: Redacción Estratégica | Sinaí Olavarría
Esta nota no es para especialistas ni para militantes. Es para el vecino común de Olavarría que trabaja, paga impuestos, cría hijos y siente que algo no cierra.
Arroyo Salgado lo describe con precisión quirúrgica:
Instituciones débiles, opacas, sin controles reales.
Funcionarios “permanentes” que saben cómo mover hilos, triangular decisiones y garantizar impunidad.
Una justicia en terapia intensiva, con vacantes sin cubrir, recursos obsoletos y decisiones que llegan tarde —cuando llegan— .
Cuando eso ocurre, el sistema deja de proteger al ciudadano y empieza a protegerse a sí mismo.
Error. Grave error.
Lo que la jueza describe a nivel nacional se replica a escala local. En Olavarría:
Instituciones que no rinden cuentas.
Decisiones que no se explican.
Silencios corporativos.
Procedimientos que importan más que la verdad.
El resultado es siempre el mismo: el ciudadano queda solo frente al poder.
“La Constitución no se defiende sola. Se defiende con decisiones valientes, sin miedo y sin condicionamientos.”
— Arroyo Salgado
Si la justicia no funciona, no hay seguridad jurídica.
Y sin seguridad jurídica:
No hay inversión.
No hay trabajo genuino.
No hay protección para la familia.
No hay futuro previsible.
No es ideología. Es sentido común.
La jueza es clara: sin participación ciudadana, no hay salida.
No alcanza con quejarse en privado ni con indignarse en redes.
Hace falta:
Conciencia: entender que el problema es estructural, no anecdótico.
Organización: ciudadanos que se junten, conversen, compartan información y exijan reglas claras.
Orden: instituciones que vuelvan a servir al bien común y no a intereses cerrados.
Cuando la sociedad se organiza, las instituciones reaccionan. La historia argentina lo demuestra —y la propia jueza lo recuerda— .
Arroyo Salgado plantea dos caminos, sin grises:
Reconstruir una justicia independiente.
O aceptar su deterioro final, con reglas rotas para todos.
Olavarría no es ajena a esa elección.
O miramos para otro lado, o empezamos a ordenarnos como comunidad.
Porque cuando el ciudadano despierta, la mentira institucional empieza a caer.
Y eso —aunque incomode— es siempre el primer paso hacia una ciudad más justa.
Esta nota es para compartir.
No para generar miedo, sino conciencia.
No para dividir, sino organizar.